Cuenta la leyenda… que la vida en un suspiro puede pasar, aquellos que un día estuvieron ya no están y los que amamos con el alma rota nos la han de dejar.

La alegría de niña un saludo, una sonrisa, una palabra especial de los vecinos mayores gran regalo para mi ser fue, muchos con cariño, otros de admiración, pero todos con un valor perdido hoy, sinceridad.

Era usual, en las tardes divisarla el parque atravesar para el templo visitar, y los lunes sin falta al cementerio llegar.

La vida fácil para ella no fue, diferentes adversidades debió vivir, sin embargo aún en su aflicción era común verla sonreír.

Una rara enfermedad su cadera deformo, en sus inicios con dos palitos de muleta se apoyó y como último recurso un viejo taburete de madera su andar acompaño.

Alguna vez otro tipo de ayuda más técnica se le ofreció y ella con un gesto de gratitud no lo acepto, «cuando me canse el taburete de asentadero me sirve más».

En algunas casas sus servicios presto y su fidelidad incomparable conservo, aun los míseros sueldos con estoica grandeza no dejaba de retribuir con un trabajo consagrado y pulcro.

Changua, Arepa, carne asada el menú de su predilección, la olla de barro, el sabor de leña  y su entrañable amor en su comida se trasmitió.

Una queja jamás de sus labios salió, las lágrimas en su corazón las guardo y una frase de cariño a muchos nos regaló.

Una madre sin igual, a varios de sus hijos debió enterrar y todos los días ella en sus oraciones los había de recordar.

En la misa en las peticiones siempre con una voz sonora y lánguida se le oía suplicar… “por mi hijo Misael, por mi hijo Rafael y mi hijo Pedro».

En aquella época del vaticano llegaba la liga de la misa, una inscripción que con una pequeña limosna se tenía derecho a un año de misas celebradas en Roma por el mismísimo santo Papa y que hasta indulgencias los finados podían recibir.

Doña Jacinta Oliveros con sus pocos ahorros mensualmente a sus tres hijos hacia anotar para que sus penas dejen de purgar y al cielo un tiquete directo puedan alcanzar.

Hoy desde el infinito cielo nos debe observar, su eterna paz con sus hijos estar y su noble sonrisa en una gran nube se debe dibujar.